24.4.17





Se trata del insomnio y de la terrible idea de poder plantear su presente en 140 caracteres:

Coleccionaba botones como si fueran caracoles de una playa en Mar del Plata, con la esperanza de algún día ser mitad vestuarista y diseñar vestidos de gala; pero se aproximaba el tedio y hacía tiempo que no sintonizaba el canal cincuenta y ocho. 
Decidió pasear a su mascota más temprano de lo habitual y se encontró otra vez con la idea desoladora del desamparo. Pensó que lo había aprendido al escuchar el ruido de los muebles romperse, como las fibras que se van torciendo es como uno lo adquiere.

Dió vuelta en sí mismo y decidió volver. Entró y se recostó a leer el blog de siempre. 
La historia de un libro que puede teletransportarnos en el tiempo le recordó a la casa de su abuela materna. La brisa de un techo alto, las escaleras empinadas que daban vértigo.
Lo único tangible era el armario del comedor, lleno de espejos, guardaba souvenirs de antaño, de parientes que ya murieron. Lo demás parecía creado con la mente de dos niñas de entre cinco y seis años: era un castillo con pasadizos, en él se podía llegar de la habitación al lavadero y ver desde el lavadero el cuartito -mediante una ventana enrejada-.
Para jugar a las escondidas los mejores lugares daban miedo; estaba el recoveco donde guardaban las escobas o la casa abandonada al final del fondo abierto. En ambas había arañas, y alguien siempre perdía por no soportar contener el aliento. También había un espejo encantado en el pasillo oscuro, iluminado solo por la puerta al patio, en el que era imposible mirarse más de una vez por miedo a un reflejo no deseado.

El cuento de hadas había terminado. La escena de dos niñas con sus madres y la división de bienes derrumbaban el hogar. Solo se escuchaba a un perro ladrar.

 Era el suyo, estaba hambriento. Olvidó el calzado. Le dió igual hasta diez minutos después cuando se le rompió el bol lleno de comida.
-"Malas ideas", se dijo.  
Iba a ser su próximo tatuaje. Volviendo en colectivo el sábado pasado discutió con su hermana, la sintió débil. La perspectiva que tenía de su futuro cambió totalmente, yo diría que diez veces peor que otras probabilidades provenientes de resultados psicológicos.
Le hizo evocar la idea de que era una chica con suerte.  Era la única del grupo que ganaba entradas para ir al cine, sorteos superfluos, y que en veinticinco años de vivir en Lugano jamás le habían robado.
 

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